jueves

7/07/11: Acrópolis: Prólogo.

Hace bastante tiempo que no escribía en el blog, les pido disculpas a los que me leen por colgarme de esa manera, pero tengo una novedad: comencé a escribir un libro y eso me tiene bastante ocupada. 
Para compensarlo acá les dejo el prólogo. Apenas tenga la dirección del blog oficial del libro se las paso.

 Había perdido la cuenta de las horas que llevaba sentada en ese lúgubre cuarto de espera de aquél olvidado hospital de la ciudad, el doctor Smith, según la enfermera le comunicó no tardaría en llegar, sin embargo la espera se había demorado más de lo habitual.
Dio un breve vistazo al panorama que ofrecía aquel recinto y pensó que sin lugar a dudas era un sitio deprimente, las paredes pintadas de un verde seco, carente de vida. Las luces insípidas que alumbraban solo lo que era necesario dejando los rincones de la habitación a oscuras, el piso degastado por el correr de los años. El mobiliario viejo y anticuado con el típico color amarillento que adquieren las cosas conforme ganan décadas.
Se escuchaba el zumbar del aire acondicionado, un aparato tan prehistórico como todo lo allí presente. Carlisle miraba con impaciencia en dirección a la puerta, ansiaba que por ella se asomara el doctor Smith y le anunciara que ya podía pasar. Todo el asunto la tenía bajo un estado de estrés del que no se creía capaz. Hacía ya un año que venía luchando, suplicando, exigiendo que se le dijera la verdad, y por fin, tras tanta espera parecía que todo se solucionaría. Claro está, el final era el peor de todos: la muerte; pero ella con el correr de los días, y la ausencia de noticias, llegó a convencerse de que otro final no sería posible para esa historia.
El doctor Charles Smith asomó su despeinada cabellera por la puerta de acero e indico a la mujer que debía ingresar a la bóveda. Ella se puso de pie y aliso su vestido negro, aquél que tan religiosamente almidonaba todos los días, peino con sus dedos la rubia melena, retoco su pintura labial y se dispuso a traspasar la puerta.
Nada, ni nadie la había preparado para la escena que la esperaba al otro lado, de golpe todos aquellos años de preparación psicológica se hicieron añicos, llevó una mano a su boca y respiro hondo. El doctor, ya experimentado en ver escenas como esa, espero pacientemente a que la joven se repusiera del impacto inicial. Una vez que observó que ella estaba en condiciones de escucharlo y comprender lo que él tenía para decirle, se sumergió en una mezcla de discurso de consuelo con explicación médica.
‘’Vera señorita Willow, sé lo difícil que debe ser para usted el hecho de tener que afrontarse a una situación como esta – comenzó el médico intentando explicar lo mejor posible lo que le mostraría a continuación – odio ser yo es portador de tan malas noticias, mi más sentido pésame…’’ Las palabras se perdieron en el aire, al fin y al cabo solo eso eran: palabras de consuelo de alguien que nunca podría comprender su dolor. Nadie sabía por lo que ella había acontecido, nadie nunca imaginaria el dolor que se había adueñado de su alma, nadie nunca sabría la verdad, esa que ella tan maliciosamente guardaba.
El médico destapo el cadáver que se encontraba sobre la camilla y allí la vio, tan hermosa como la última vez, con su cabello pelirrojo enmarcándole la cara, con su piel pálida más radiante que nunca. ‘’La muerte le sienta mejor que la vida – pensó – supongo que hice un buen trabajo’’. Acto seguido rompió en llanto y retomo su papel de mujer afligida, aquél que tan bien sabía interpretar.
Todo había terminado por fin, ella estaba muerta, los testigos acallados y Carlisle era libre, finalmente libre, para ser, para vivir, para sentir, para amar a quién ella quisiera pero más que nada, era libre para gastar la enorme fortuna que estaba segura acababa de heredar. Era millonaria, joven y hermosa. ¿Qué más podía exigir? Sin dudas nada más.
El funeral se llevó a cabo sin mucha pompa, al fin y al cabo era un horrible evento al cual nadie quería asistir, Carlisle se mostró desecha a lo largo de toda la ceremonia, nadie podría nunca haber dudado de su veracidad. Sin embargo, alguien entre esas setenta personas sabía la verdad, alguien conocía en demasía su asqueroso secreto y ese alguien estaba dispuesto a desenmascarar a aquella asesina disfrazada de muñeca Barbie.
Se acercó a la afligida viuda y la abrazó, ‘’Todo va a marchar bien, estoy contigo preciosa, ya no llores más – dijo fingiendo al igual que lo hacía la interpelada – pronto todo habrá acabado, estamos en la recta final’’. Y así era, tras tanto recorrer, tras tanto sufrir, tras tanto sangrar, el final se veía próximo y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Carlisle noto esto y lo miro con curiosidad y reproche, ‘’Un buen recuerdo, solo eso’’ Dijo intentando excusar aquella sonrisa, y la pobre ingenua le creyó. Aunque él sabía que no había motivo para que no lo hiciera, él le mentía descaradamente y Carlisle creía sus mentiras como si de pasajes de la biblia se tratara.
Carlisle nunca sospechó que el causante de todo lo que aconteció tras el funeral fue el mismo que tanta felicidad dio a su vida, ella nunca supo que la persona con la que tantas cosas hermosas compartió en realidad la odiaba con todo su ser, nunca imagino que tras esa sonrisa de estrella de cine que la cautivaba a diario se encontraba el verdugo que en el futuro la ejecutaría.
Es increíble como incluimos con el tiempo personas en nuestra vida cuyo objetivo puede ser destruirnos, hacernos pasar por el infierno, hundirnos. Carlisle había entregado la llave de su casa a su peor enemigo, claro que esto último ella nunca lo supo. Ese hombre tan apacible, sencillo y honesto, era a los ojos de Carlisle solo eso, una buena persona y ya.
Aunque todos sabemos que nadie es lo que aparenta, y que nunca se conoce del todo a las personas, en especial a aquellas más cercanas a nosotros…

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