lunes

09/01/12: El último soplo de su corazón.


Alzo el teléfono y marco su número, una vez más permaneció allí parada con el corazón sangrando, las lágrimas silenciosamente rodaban por sus mejillas, su aire escapaba dolorosamente de sus pulmones. Oyó el sonido de la voz de él al otro lado, tan firme, segura, sensual y una punzada de dolor la apuñalo, él estaba ahí, al otro lado, esperando alguna respuesta, ella deseaba decirle que lo amaba, que aun lo amaba que dejarlo había sido la peor de las decisiones. Sin embargo se quedo callada ahogada en su dolor.
Corto la comunicación y se acostó el frío piso de mármol recordando las lujuriosas noches de las cuales este había sido testigo. Con los dedos recorrió cada milímetro del suelo que la rodeaba, aspiraba cada bocanada de aire esperando captar el aroma de él en el aire, pero nada llegaba.
Se incorporo y camino hasta la habitación, una vez más toco las sabanas, aquellas en las que había dormidos juntos por última vez, se recordó a si misma que debía cambiarlas, que lo suyo había acabado hacía mucho tiempo, que ya era hora de dejarlo ir, y sin embargo no podía, aun no era capaz de olvidarlo, de enterrarlo en las arenas de los recuerdos.
Lleno la bañera de agua y se desnudo sin prisa, acto seguido sumergió su cuerpo en el agua tibia, dejando que cada porción de su piel sintiera la calidez del fluido que la recorría. Cerro los ojos y lo vio, ahí estaba él, tan hermoso como siempre, con sus enormes ojos azules abiertos mirándola al otro lado, sonriéndole de una forma que hacía que cada célula en ella se agitara y deseara abalanzarse sobre él.
Pero al abrir los ojos el baño estaba vacío, frío, impersonal. La tristeza seguía quemándole el alma, se abrazó a si misma auto convenciéndose de que de ese modo no se iba a desmoronar, creyendo que si se sostenía su corazón milagrosamente se arreglaría, pero nada de eso paso. El dolor, la soledad, el fracaso, la decepción y todos aquellos sentimientos que la embargaban se acentuaron en su alma, quebrándola, rompiéndola.
Vivir se le hacía molesto, intolerable, casi sin pensarlo tomo del botiquín todos los medicamentos que encontró y los tomo uno por uno, asegurándose de que la dosis fuera suficiente como para matarla. No lloro, por primera vez en meses sus ojos estuvieron secos.
Comenzó a sentir como sus piernas temblaban, entonces una vez más se sumergió en el agua, esperando la llegada de la muerte. Evoco a su amado, cada detalle de él, lo beso, lo amo, lo tuvo entre sus brazos, y de esa forma tan trágica le regalo lo más preciado: el último latido de su corazón. 

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