sábado

28/07/12: El país de los amantes rotos (I)



El barco estaba hecho trizas, medio hundido en la arena, la isla como siempre estaba desierta, puesto que nadie en el planeta osaría visitarla a menos que deseara volverse ceniza y regresar al alma del mundo.
Ella, sin embargo, esperaba encontrar a su madre de pie en la orilla, rogaba con todas sus fuerzas que aun no fuera muy tarde, que ella no hubiera roto su corazón en el viento, pero estaba sola, de pie en el centro del pequeño montón de arena.
No había rastros de su madre. Las lágrimas recorrieron sus angulosas mejillas, nunca había llorado, por eso la sensación le pareció extraña y fascinante. En su mundo la gente no lloraba.
Miro al cielo, el mismo que había visto a lo largo de sus 16 años, en Edrit el cielo no cambiaba, el sol nunca se movía de su lugar, no había día y no había noche, era todo siempre igual. El clima tampoco cambiaba siempre estaba cálido, ese era uno de los motivos por los cuales sus habitantes nunca se quejaban. Tenían prohibido llorar, quejarse, decir cosas negativas, y tampoco es que tuvieran motivos para andar reprochándole algo a su vida, todo en ese lugar era perfecta felicidad, así lo había designado Alatiel antes de abrazarse al sol y fundirse en el, creando ese mundo surrealista.
Sin embargo, la joven allí de pie, no dejaba de derramar lágrimas. Sabía que su madre se había ido para siempre, que la había abandonado, pero tampoco podía culparla, era lo que le pasaba a los amantes rotos, cuando sus corazones ya no eran amados, estos se deshacían en el viento. A veces los desdichados no llegaban a la isla y se fundían en el medio de la ciudad, entonces se convertían en voces, que aullaban en el viento, muriendo a cada segundo, sufriendo por esa persona que los había echo desdichados.
Fray alzo los ojos y observo el cielo, intentando divisar el alma de su madre, pero no vio nada más que pájaros. ''Cazadores de almas'' se dijo para si misma, rogando que al menos el alma de su madre hubiera traspasado la barrera de esas horribles criaturas que aguardaban para tomar el alma de cualquiera que decidiera renunciar a existir.
Se acercó al agua y observo su reflejo, el cabello le ondulaba suavemente enmarcando su preciosa cara. Sus ojos, del color del jade, la miraban tristemente, vacíos. Los labios se curvaban levemente en una mueca de dolor. Supo entonces que no podía volver a la ciudad, su afable tranquilidad se había roto, había quebrantado su alma y ese era un pecado que no se perdonaba. Ahora era una duply, una exiliada, una extraña. Se miro una vez en el agua, no había cambiado en nada, y sin embargo, ya no era la misma persona.

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