jueves

El pacto


¿Acaso nadie le dijo que ella ya no está respirando?
Ella le dijo que no intentará arreglarla, porque ella no estaba rota y el cometió el error de creerle. O quizá sabía la verdad, pero era demasiado dolorosa como para afrontarla.
Ella quería salvarse, solo que no podía sola. Pobre alma, ahogándose cada día más, viendo como su vida se derrumbaba.
Yo la vi llorar.
Se veía tan adorable con esas brillantes lágrimas cayéndole por las mejillas. Sus ojos, oh sus ojos, tan repletos de palabras, palabras que su alma no podía gritar. ¡Qué bonito! Era la imagen soñada de cualquier artista.
Y su sangre… ¡Esa sangre! Tan llena de vida, tan pura, manchando toda la alfombra. No podía parar de mirarla, estaba hipnotizada.
Le sonreí, siempre lo hacía. Era mi forma de decirle que continuara con lo que fuera que estuviera haciendo, era mi manera de hacerle saber cuánto placer me causaba verla en aquel estado.
Le había hecho elegir, su vida o la de él. Alguien debía sellar el pacto después de todo, no se puede pedir algo a la muerte sin pretender saldar la deuda. Pobre chica, tan joven.
El amor nos hace hacer cosas estúpidas, como por ejemplo esto. Una niña bonita muriendo para salvar la vida de algún infame idiota. Pero… ¿Quién soy yo para juzgarla?
Tome su vida, me la lleve conmigo. La acerque a la fuente de la verdad, y allí lo vio. Su amado, aquel infeliz por el que había dado la vida, acostándose con la mujer que había sido su mejor amiga. Tan absorto el uno en el cuerpo del otro, tan consumidos por la lujuria.
Ella me miro horrorizada, le sonreí.
‘’Si con solo mover tus dedos ellos cayeran fulminados. ¿Lo harías?’’
No me contesto, los miro con atención y sacudió ambas manos.
Los amantes cayeron ahogados en su propio éxtasi, frenéticos de dolor.
Pobres almas en desgracia… Ese sería solo el comienzo de su tortura.

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