martes

30/09/14: Ruleta Rusa.

Sentí el frío del metal entre mis dedos, tenía la piel de todo el cuerpo erizada, el simple hecho de pensar en lo que iba a hacer me hacía sentir fuera de mi, como si estuviera viendo ocurrir la vida de otra persona, era espectadora de mi propia existencia, que en ese momento quizá podía llegar a acabar. Recorrí una vez más el arma, era perfecta, lo suficientemente pesada como para saber que el cargarla sin el seguro puesto podía acabar con mi vida, pero al mismo tiempo lo suficientemente liviana como para hacerme sentir que mi vida en ese momento era frágil.
El podía ver mi corazón latir al otro lado de la sala, el sabía que estaba aterrada, pero no iba a renunciar, no ese día, no de ese modo. Pero sabía que si el estaba allí conmigo significaba que nunca había perdido, era un jugador, conocía a su oponente y sabía que yo lo amaba demasiado como para dejarlo perder esta partida, aún si eso implicaba perder mi vida. En ese arma había había 8 espacios, y ya habíamos hecho 6 intentos, el próximo podía acabar con el juego, y deseaba que así fuera, porque sino el sería quien muriera.
Cerré los ojos, y en ese momento vi nuestra vida, lo vi a el sonriendo, lo vi a el amándome, y finalmente lo vi a el pidiéndome hacer esto, diciendo que era la única forma de saber cuanto lo amaba, no había otra manera de hacerlo. Respire profundamente, lleve la pistola contra mi cabeza, abrí los ojos y nuestras miradas se cruzaron. Creía que en ese mismo momento el me iba a pedir que parara, pero no lo hizo, el iba a llevar las cosas hasta el final y yo sabía que debía pasar esta prueba, apreté el gatillo, nada ocurrió.
En ese momento lo comprendí, de todas formas había terminado, quedaba un solo lugar en la pistola y era el turno de él, la bala estaba allí, la muerte se había sentado y había observado con placer toda la partida, sabía el resultado de antemano, y le causaba cierto placer mundano el hecho de saber que esa noche varias vidas iban a hacerse pedazos.
Deje el arma sobre la mesa, y las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, estaba a punto de perder a la única persona que había amado en toda mi vida, y no podía hacer absolutamente nada para evitarlo. No quise ver ese momento, no tuve el valor como para hacerlo, cubrí mi cara con mis manos, intentando que así el tiempo se detuviera. Pero el sonido del disparo hizo que todo fuera aún más real.
El dolor llego al instante, la sangre comenzó a manchar todo a mi alrededor. Con mis manos pude palpar la herida, justo en el pecho. El era un jugador, el nunca perdía, incluso cuando todo indicaba que si, ahora era muy tarde para pensar en el valor de mi vida para el. Morí mirándolo a los ojos.

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