miércoles

24/12/14: El país de los amantes rotos III

La despertó la brisa fría que entraba por la ventana, aún era de madrugada, pero por algún motivo ella estaba segura de que ya no iba a ser capaz de volver a conciliar el sueño. Con pesar se incorporo y escudriño las sombras que la rodeaban, todo estaba sumido en un misterioso silencio. La luz plateada de la luna le daba a los antiguos muebles un aire tétrico, justo como a ella le gustaba. Movió su mano hasta sentir el gélido metal contra la piel, esbozo una sonrisa, su pasaje de salida estaba ahí, aguardando a que ella hiciera uso de él.
Dejo caer los pies fuera de la cama, el contacto con el piso de madera fue casi orgasmico, quizá por el hecho de que ella sabía que ahora estaba un paso más cerca de liberarse de ese asqueroso hombre. Un suspiro cargado de ira escapó de sus sensuales labios, el cabello dorado rodeaba sus delicadas facciones dándole un aire inocente, pero sus ojos... Esos ojos verdes penetrantes decían todo lo contrario, estaban cargados de odio, de rencor, de algo letal.
Se apresuro a salir de la habitación y apretando la daga con fuerza entre sus manos, se dirigió hacía el lecho de su esposo. Abrió con cuidado las pesadas puertas de madera, y allí lo encontró, placidamente dormido, ignorante de que la persona que más lo odiaba en el mundo estaba observandolo dormir. Procedió a tomar una de las corbatas de seda que el frecuentemente usaba, y con cuidado lo amarro a la cama.
Sabía que su esposo era imposible de despertar una vez que había tomado sus pastillas para dormir, así que estaba segura de que llevar a cabo esa tarea iba a ser simple. Pero no fue así, el hombre despertó una vez que ella había acabado de atarlo. Los ojos del anciano se clavaron en la cara de su joven verdugo, ella le sonrió con malicia. El hombre intentó comenzar a rogar por su vida, pero supo que iba a ser completamente inútil, porque ella mirándolo fijamente le dijo: ''querido, dos pueden guardar un secreto, si uno de ellos esta muerto''. Y dicho esto rompió en una jovial risa que duro unos segundos.
El ambiente se volvió tenso, la muerte caminaba entre la pareja decidiendo a cual de ellos se iba a llevar. La chica miraba a su esposo y se deleitaba con cada minuto que el tácitamente rogaba por su vida. Siempre lo había odiado, desde el día en que lo conoció, pero nunca había dicho una palabra, para todo el mundo eran un matrimonio perfecto, repleto de amor. Sin embargo, en la intimidad de su alma, ella deseaba todos los días que el muriera, porque no toleraba siquiera cuando sus ojos de perro faldero se cernían sobre ella.
Pensó en todos los hijos que había podido tener con ese asqueroso ser humano, pero que por fortuna había llegado a abortar. Nada le causaba tanto placer como rememorar una y otra vez como había asesinado a la progenie de aquel hombre. Ella sabía que al hacerlo en cierta forma lo mataba a él, una y otra vez. Otra risa escapó de su boca.
Fue entonces cuando lo decidió. Tomo la navaja y desgarro su níveo cuello. La sangre los cubrió a ambos y la joven cayó desplomada sobre su esposo. El hombre comenzó a gritar desesperado. La chica estaba muerta, sobre él. En el cadáver se podía ver el atisbo de una sonrisa diabólica, su venganza finalmente se había llevado a cabo.
Haber matado a ese viejo decrépito hubiera sido fácil, pero ella quería verlo sufrir, quería que el deseara todos los días morir, del mismo modo en que ella lo había hecho, y la única forma en que esto iba a suceder era si ella le robaba a la persona que el más amaba en el mundo, aún si ello implicaba acabar con su propia vida. El hombre ahora finalmente experimentaba lo que ella había sentido antaño, cuando esas minas manos que ahora rogaban a Dios para que la salven, habían acabado con la vida del único hombre al que amo.
La justicia había llegado, y ella estaba feliz de morir sabiendo que el calvario ahora sería transferido a alguien más.

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