martes

22/03/16: recuerdos

Tomé aire con fuerza, llenando cada recóndito espacio de mis vacíos pulmones, alce mis brazos y palpe el ambiente, que se cernía gélido sobre mi, como si se tratara de una capa de hielo que inundaba toda la habitación. Una brisa de viento marino se filtró por la ventana abierta, me acarició la cara y me robó una sonrisa, abrí los ojos y observe todo lo que me rodeaba, un espacio tan mío, tan personal. Vi los títulos de los libros desordenados sobre el escritorio, la ropa tirada por todos lados, como pequeñas manchas de color, vi el rayo de sol que entraba tenuemente entre los espacios de la madera del techo, cubriendo todo de calor y vida. 
Con desde camine hacia la silla que estaba al otro lado del lugar, tome mi gastado salto de cama y me escondí en él, disfrutando del relajante tacto de la lana sobre mi marfilea piel. Me senté en el tocador, pose mis ojos sobre mi reflejo en el espejo y los deje divagar sobre mis facciones: las pecas en mi cara cada días más notables; mis dientes imperfectos sin un patrón de orden aparente; mi cabello maraña de ideas y sueños, rubio como el trigo; y por último mis ojos, a primera vista marrones, escondiendo el secreto de un verde esmeralda para aquel que tuviera el atrevimiento de mirarlos más de lo debido. 
Tomé el cepillo de la mesa e intente calmar un poco el desastre de mi pelo, sin éxito, al igual que todo en mi ser, desde el día en que aquel muchacho de sonrisa rota se había ido, no tenía rumbo, no tenía arreglo. Deje escapar un suspiro que se fundió en el silencio del ambiente. Una lágrima escapó de mi alma y rodó por mi pálida mejilla, era mi reacción habitual cada vez que evocaba su recuerdo. Gire mi cabeza y fije mis ojos en la cama, desecha, los recuerdos golpearon mi calma como si me hubieran dado una bofetada.
Un tiempo donde estábamos juntos, un tiempo donde sus manos se alzaban en el aire trazando figuras mientras su voz sonaba emocionada, realmente nunca escuchaba lo decía, porque me perdía en el sonido de su felicidad, me fundía en el calor de su abrazo. 
Las lágrimas ahora caían con fuerza y ya sin ningún atisbo de querer cesar, con furia las limpié, me puse de pie y salí corriendo del lugar, simplemente ya no podía tolerar más el vivir allí, era muy doloroso, casi insoportable, un martirio constante. Me dirigí al garaje, tomé dos bidones de combustible y comencé a esparcir su contenido por todos lados, cubriendo cada rincón, esperando de esa forma extinguir los recuerdos. 
Me pare en la puerta que daba al bosque, y observe la casa por última vez, encendí un cerillo y lo deje caer, en cuestión de segundos el fuego se adueñó de todo, sin embargo los recuerdos no se iban, continuaban en mi cabeza, entonces lo entendí, no había escape posible, porque no era una casa lo que lo mantenía vivo, no era un aroma, ni un día de la semana, era yo quien había renunciado a ser libre, desde que el se había muerto, yo había renunciado a mi propia vida para mantenerlo vivo a él. 
Tomé aire con fuerza, cerré los ojos, me adentré en la casa y deje que el fuego me abrace. 
Allí, entre tanto dolor, fui libre. 

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